Y no hablo del trabajo de
Cassavetes o de esos autores que querían hacer retrato social.
Hablo de la realidad disfrazada
de fantasía como una constante en el Cine desde sus comienzos.
Como cuando durante la 2º Guerra
Mundial, a Gary Cooper se le envía a animar a las tropas norteamericanas
desplazadas en Nueva Guinea. El actor, persona poco elocuente, despertaba la
emoción de los soldados, volviendo a ser el malogrado Lou Gehrig de El Orgullo
de los Yanquis (1942), en la escena de la despedida del Yankee Stadium.
Para esa secuencia, Sam Wood decidió usar casi las mismas palabras que había empleado Gehrig tres
años antes. El director sabía que no conseguiría mejores líneas que el adiós de
un hombre enfermo que agradece el tiempo compartido a compañeros, entrenadores,
periodistas y familia, y proclama que se siente el hombre más feliz sobre
la faz de la Tierra.
Otro ejemplo es la mítica El Crepúsculo
de los Dioses (1950), cuando Billy Wilder busca la actriz que interprete a la decadente
Norma Desmond, antigua estrella del Cine Mudo, olvidada por la Industria que
decide recluirse en su mansión, entre polvo, carcoma y amargura.
¿Y quién mejor para el papel que
Gloria Swanson, otrora figura cinematográfica de los años 20, venida a menos?
Además de la Swanson, Wilder pobló su Sunset Boulevard de caras del Hollywood primero:
Buster Keaton, Cecil B. DeMille, o el inmenso Erich Von Stroheim en el papel
del servil mayordomo Max.
La fusión entre lo real y lo
imaginario es total en la escena donde Norma y su joven gigoló ven una de sus
viejas películas con Max ejerciendo de proyectista, y Wilder elige que se vea
un trabajo real de Gloria Swanson, dirigido por el propio Stroheim.
Cine en el que se ve otro cine. La realidad sirviendo a la farsa.
En El Último Pistolero (1976),
John Wayne, un envejecido outlaw al que le queda poco de vida, regresa su
pueblo natal para un último tiroteo. El Oeste de principios del S.XX que se
muestra en la película, con automóviles y luz eléctrica, ya no es el Far West,
regido por el Duque tiempo atrás, al igual que el Hollywood de los 70 ya no es
un sitio acogedor para el viejo héroe, u otros actores del largometraje como
James Stewart o John Carradine.
Al menos, la Industria tuvo ese buen gesto con un Wayne que fallecería tres años después, de filmar este
epitafio que permitió al actor volver a cabalgar a su querido caballo Dollor y
enfrentarse a sus enemigos, ya que no podía derrotar ni al tiempo, ni al mal
que le roía las entrañas.
Actualmente, siguen apareciendo
muestras de este personal Cinéma vérité
como el film de semificción J.C.V.D. (2008), en el que Jean-Claude Van Damme
mira a cámara y le narra sus miserias al espectador o El Luchador (2008) de
Darren Aronofsky, relato sobre una torturada ex -figura del Wrestling que no es
más que el reflejo del declive del propio Mickey Rourke.
Así que hay que seguir atento
porque no se sabe cuando la vida volverá a rasgar la pantalla.
Los próximos 15 y 16 de Marzo del
presente año 2014, se celebrará en el O2 Arena de Londres, la segunda edición del
Country 2 Country Festival.
Tras el éxito del 2013, en el que
grandes estrellas como Tim McGraw o Carrie Underwood ejercieron de punta de
lanza del sonido de Nashville en Europa, en el cartel de este año se
echa en falta nombres con algo más de caché que Brad Paisley y Rascal Flatts. Para compensar se ha ampliado el
número de actuaciones de grupos locales y se ha incorporado un interesante CMA
Songwriters Series. Un espectáculo en el que varios compositores, le explicarán
a la audiencia cómo funciona su proceso de creación, y contarán anécdotas y
experiencias del mundillo Country.
Labor didáctica que busca asentar
este estilo en regiones que aún miran con recelo a los artistas de su género. Algo que sería innecesario, si el grupo que teloneará al mediocre Zac Brown en la primera fecha, hubiese
cumplido con su deber de ser la primera banda masiva Country.
Porque el perfil de Garth
Brooks es demasiado redneck para el gran público y Taylor Swift ahora quiere
ser Madonna. Por eso, la apuesta clara eran las Dixie Chicks: imagen cuidada, amplio espectro en la audiencia, y habilidad para
enlazar con gusto el Country y el Pop, sumado al virtuosismo
multi-instrumental de las hermanas Erwin y al dominio de su voz de la
temperamental Natalie Maines.
En su mano estaba derribar muros,
y conseguir que su redefinición de la tradición sureña, medrase en la radio del
mundo, y se impusiese definitivamente a los prejuicios.
Curiosamente, fue Londres la
ciudad que detuvo el avance de las Dixie Chickscomo la gran esperanza blanca del Country, tras avergonzarse
Natalie de su paisano George W. Bush, en 2003, en los días previos a la invasión
de Irak. Esa frase, mitad convicción, mitad inconsciencia, las condenó al ostracismo mediático y a modestas giras por
Canadá, lejos de las ventas multimillonarias y de los ampulosos shows con los
que devastaban los Estados confederados.
Su éxito se había originado poco años antes, de la mano del
manager Simon Renshaw, un hombre que vio algo diferente en aquellas tres chicas que, en
sus comienzos, cantaban los standards de toda la vida, y no se salían del
estereotipo de cowgirls de botas, camisas con chorreras y sombrero. Por eso se las llevó de compras y las animó a probar cosas nuevas en Wide Open
Spaces (1998) y Fly (1999).
LPs de clara orientación
radio-friendly que alcanzan el disco de diamante, pero con singles que hicieron
torcer el gesto de la clase conservadora, como la cáustica “Goodbye, Earl” en
la aplaudían que una esposa maltratada asesinase a su marido, o la frenética
“Sin Wagon” de evidentes connotaciones sexuales.
Ahora bien, esas producciones palidecen
frente a su siguiente obra: el maduro Home (2002), trabajo básico para entender
el Country de las últimas décadas. Un disco, cálido y acogedor, en el que se
desnuda su sonido, y se reivindican sus raíces musicales.
Ese cambio se ve también en su
imagen. Se abandonan los looks urbanos y los videoclips en los que se quería
disfrazar su identidad, y se las viste de Monarcas del Country, con el mensaje
de somos-de-Texas-amamos-el-Country-y-estamos-orgullosas.
Se sopla el polvo de instrumentos
clásicos, se sientan en el estudio como hacían los antiguos y
tejen canciones de textura acústica y sabor bluegrass que avasallan desde el
comienzo. Porque tras el 1-2 de la tremenda “Long Time Gone” y la versión de
Fleetwood Mac “Landslide”, besas la lona con “Travelin´Soldier”, la trágica historia de amor entre el soldado
que no tenía a quién escribirle y la chica que espera que su hombre vuelva a
casa.
Te levantas como puedes y el álbum te da un respiro con las alegres “Truth No. 2” y “White Trash Wedding”,
para volver a machacarte el corazón con “A Home” y “More Love”, y
entonces, te alcanza en el mentón la embriagadora “I Believe In Love” y, de
vuelta a la lona a golpe de viola y armonías vocales.
Te pones en pie con el aliento de
la enérgica “Tortured, Tangled Hearts” y la instrumental "Lil´Jack Slade", y
aprietas los dientes para encajar los ganchos cruzados de su colaboración con
la mítica Emmylou Harris en “Godspeed (Sweet Dreams)” y la majestuosa
melancolía de “Top Of The World”.
Y llegas al final del disco con la
esperanza de ganar a los puntos, pero, hete aquí, que aparece el bonus track de
“Landslide” junto a la divina Sheryl Crow y ya el K.O. es irremediable.
Ese mismo año, se editó An Evening
With The Dixie Chicks (2002) en el que se interpreta en directo íntegramente
Home (2002), ante un Kodak Theatre rendido a las Chicks, pero no me veo con
fuerzas de subirme al cuadrilátero con él.
Una lástima que la política
cercenase la carrera de la más exitosa banda femenina de todos los tiempos y nos privase de más joyas de esta categoría.
Porque cuando la demócrata
California, llenó de Grammys su amargo Taking The Long Way (2006) fue,
más que un apoyo sólido a su música, un acto político de una Academia que
siguió ignorando la música de raíces.
El stablishment Country ya había
impuesto penitencia y las Chicks tienen pocas esperanzas de recuperar su trono
y volver a cantar el “Star-Spangled Banner” en una Superbowl.
Aún así, han vuelto a la
carretera, y ahora da igual que no cumplieran su destino.
Una de las (pocas) cosas bien
hechas de la ACB, es la fiesta de la Copa del Rey.
Un fin de semana en el que una
ciudad se llena de aficionados de los ocho mejores equipos de la competición,
se disfrutan de buenos partidos y el baloncesto le araña un poco de foco al
todopoderoso fútbol.
A la presente edición acudirán un
Real Madrid imperial; un F. C. Barcelona, que es un Fórmula 1 que, unas veces
arranca, y otras no; clásicos de este torneo como el Baskonia, el Valencia o el
Unicaja;una realidad asentada en
la parte alta de la tabla como el Gran Canaria; la sorpresa del CAI Zaragoza…
Y nosotros.
Un humilde C.B. Canarias que
llegará mermado tras la reciente salida del montenegrino Blagota Sekulic. Enorme acierto de la secretaria técnica del club, que lo sacó de un recién
ascendido C.B. Murcia, y tras un año y medio de puesta a punto, lo envía a compartir
vestuario con las estrellas del Fenerbahçe, dejando un equipo descabezado sin su
mejor jugador y con pívots de bolsillo para intentar detener el juego interior
blaugrana.
Anyway, esto no será problema para una plantilla que, como en el
cuento del Traje del Emperador, vive ignorante de si tiene categoría o no para
acudir a la cita copera. Sólo sabe que sufre un trastorno glandular que hace
que no pueda parar de crecer, y que pronto se recompondrá apoyándose en lo de
siempre: confianza e ilusión.
Mientras tanto, hay que saber
disfrutar del triunfo obtenido, hacer un buen papel frente al Barça, y pensar
que hace 27 años que no se jugaba la Copa del Rey.
Que en el Canarias todavía
permanecen jugadores que hacían tambalear los muros del Ríos Tejera cuando
militaban en la modesta LEB II y que el viernes se codearán con la élite del
basket nacional.
Y que nadie nos quitará el
gustazo de ver aparecer por el Martín Carpena las banderas aurinegras, y que
desde la grada se oiga cantar Canarias, Canarias.
Casi siempre he seguido a héroes
muertos. Músicos del pasado con monumentales discografías en las que poder
perderse entre los prometedores trabajos de los inicios, los años de esplendor,
los apoteósicos Live at the…, y los
palos de ciego de volvemos-a-los-orígenes
o nos-adaptamos-a-los-nuevos-tiempos
cuando los años ocultan la inspiración.
Ha sido para mí, una experiencia
el verme contando los días para poder escuchar lo nuevo de Leiva mientras Diciembre (2012) me acompaña mañana, tarde y noche. Pero al fin, llegó el
día en el que Miguel Conejo Torres se ha decidido ha presentarnos a su segundo
vástago, un anhelado Pólvora (2014)
que recién da sus primeros pasos.
A darle forma ha colaborado el
productor Carlos Raya, recomendado por los amigos de M-Clan y Quique González,
y además, el artista madrileño se ha dado el gustazo de contar con el mítico
Joe Blaney, nombre frecuente en trabajos de Keith Richards, The Clash o Tom
Waits, para intentar repetir la receta de su debut en solitario: Guitarras
pop-rock, y arreglos de viento y cuerda para custodiar la letra franca y tierna
de Leiva, en el intento de confirmar la brillantez de hace dos
años.
La mecha la prende “Los
Cantantes”, defensa del oficio, ya conocida por los fans en su formato
acústico, que pierde sentimiento al electrificarla pero gana en intensidad. Es
fácil imaginársela desplegando carisma sobre las tablas con la audiencia rugiendo eso
de “…subir al escenario principal, es
todo lo que quise conquistar en la vida…”. Le sigue la sinuosa
“Terriblemente Cruel”, en la que Leiva demuestra su talento para el estribillo
abrumador. Tras ella, llega “Palomas”, con aires de Calamaro en un precioso
medio tiempo que sostiene el nivel de los tracks anteriores y despeja
definitivamente los temores de un erróneo bandazo que no aguantase la
comparativa con Diciembre
(2012).
“Cerca” es otra canción
infecciosa de las muchas que pueblan el álbum, que se te clava en el alma y te
descubres tarareándola desde que abres los ojos por la mañana. A continuación,
el LP alcanza puerto de montaña con la sugerente “Afuera En La Ciudad”. Una
relación que se deshilacha, imágenes evocadoras que mezclan lo cotidiano con lo
sublime vestidas por violines, en una golosina que no pierde gusto por más que
la saborees.
“Del Hueso Una Flor” pese a no
ser una composición mediocre, se ve lastrada por un estribillo un tanto ñoño,
aunque puede que posteriores escuchas le hagan sumar puntos. “Vértigo” supura angustia vital sobre una mínima línea de guitarra y sintetizador, y rompe con
el perfil melódico del disco hasta el momento. “Hermosa Taquicardia”, es otro acierto musical e incide en la temática de las astillas que van brotando en las
relaciones.
Con “Mirada Perdida” se cierra el tramo
melancólico y se hunde el acelerador en un potente power-pop, concebido para el
escenario. “Ciencia-Ficción”, otro tema arrebatador con los Hammonds asomando
todo el rato como hacían los Stones en los 70s, y precede a “Mi Mejor Versión”, tonada arrabalera de matices roqueros, y “Francesita”, sentida balada, marca de
la casa, que busca exorcizar un corazón roto. Lo mismo que intenta la canción
“Pólvora”, delicada pieza de piano que te deja empotrado en el sillón.
Por ponerle un pero, estaría
genial que hubiera sacado un poco la lengua Rollinga como hacía en esos
rocanroles, vacilones y humeantes, que tan bien le quedaban a Pereza. Anyway, no se le pueden poner pegas a este gol por
la escuadra. Un disco, pletórico de inspiración y melodía, en el que no sabes a donde mirar
de la cantidad de temazos que lo conforman y que son dinamita para el directo.
Porque a mí, ya sólo me queda
disfrutar de Pólvora (2014) y esperar
que, por favor, Leiva acepte mi dinero y poder entrar a una sala en la que desgrane con arte su
obra en solitario, a lo mejor, dejando para los bises las perezosas “Lady
Madrid” o “Super hermanas”.
No fue la primera, pero sí la mejor. Antes se habían estrenado
Acorralado (1982), y Terminator (1984), que se desvinculaban del género de Aventuras, del Policíaco, o del
Bélico, y marcaban las líneas maestras de lo que se comenzaba a llamar Cine de
Acción. Historias de planteamiento sencillo y ritmo vertiginoso, en las que el
antihéroe solitario lucha por vencer al enemigo superior y salvar a la chica,
en medio de un huracán de persecuciones, explosiones y balas.
Incluso el humor ya se había
añadido a la mezcla en la icónica Arma Letal (1987). No obstante, en La Jungla
De Cristal (1988) confluyen una serie de claves que han hecho que el resto de
Action movies sueñen con alcanzar ese aura de clásico definitivo que estos 25
años le han otorgado al film de McTiernan.
Del libro Nothing Lasts Forever, de Roderick Thorp, cuyo personaje principal
ya había sido llevado al cine en la piel de Frank Sinatra, se
extrae una historia que comienza con el sargento-detective John McClane
viajando a Los Angeles para visitar a su familia en Navidad. Tras reunirse con su
esposa en la sede de la multinacional japonesa en la que trabaja esta, hace su
aparición un grupo de asalto paramilitar, al compás del Himno De La Alegría de
Beethoven y del rugido de sus Heckler & Koch MP5. Anyway, no contaban con
la presencia de un hombre que decide enfrentarse a ellos, únicamente armado con
su instinto de poli de Nueva York, su sarcasmo, una capacidad infinita para
soportar el dolor, una Beretta, un paquete de cigarrillos alemanes y un par de
huevos.
El papel protagonista pasó por
las agendas de Arnold, Sly, Nick Nolte, Burt Reynolds (!) y Richard Gere (!!)
hasta que se le adjudica a un actor cómico de T.V., un tal Bruce Willis que buscaba saltar a la gran pantalla, y que fue camuflado en la carátula por la desconfianza que
los productores tenían en que él solo pudiera aguantar la película.
No obstante, ese aparente missmatch, no empeora y sí enriqueceunos fantásticos 131 minutos de puro
entretenimiento que han engendrado un rebaño de largometrajes que repitieron ad nauseam su misma fórmula.
Y es que el
héroe contra terroristas en un único entorno, es un argumento que viaja por
Alerta Máxima (1992), Pasajero 57 (1992), Speed (1994), Muerte Súbita (1995),
La Roca (1996)…hasta llegar a Objetivo: La Casa Blanca (2013), que,
directamente, fusila el guión de La Jungla de Cristal.
No se dan cuenta que, aparte de
la historia, lo que atrae de esta película es la masterclass de John McTiernan
tras las cámaras, que crea una maquinaria infalible de nervio, agilidad y
espectáculo visual. Nada que ver con el mareante frenesí para adolescentes de un género, que hoy sigue perdido en su obsesión por el bigger,
higher, faster.
Incluso la propia saga Die Hard se ha
contagiado por este declive, en unas últimas secuelas en las que Willis pasa de ser un hombre corriente en el sitio incorrecto en el momento equivocado, a transformarse paulatinamente en un imparable
Golem calvo.
Lo más que se acerca al personaje
original es su socias, el cochambroso detective Joe Hallenbeck, de la inigualable El Ultimo Boy Scout
(1991), similar a McClane en ingenio, testosterona y frases
lapidarias por minuto. Tipos desastrados en tiempos de dioses nórdicos y armaduras de ultratecnología, pero cuya humanidad es una inspiración para el espectador.
Por eso yo siempre querré que me proteja John McClane.
El que se veía acojonado cuando
escucha las primeras ráfagas de ametralladora, el que se arranca los cristales
de la planta de los pies y le ruega al sargento Powel que le pida a Holly McClane
Gennero que lo perdone.
Yo me quedo con ese cínico de incipiente alopecia y camisilla Imperio, insolente y
derrotado por la vida, pero siempre dispuesto a luchar por liberar al Nakatomi Plaza de las garras del luciferino Hans Gruber.
Siempre, aceptando su responsabilidad ante la adversidad.
¿Qué desearía tomar esta noche? Espero que haya disfrutado de su
última experiencia.
Si, si. La verdad es que me he divertido mucho en mi periplo por
Whitechapel (2009-2013) y ahora me siento huérfano de una serie que me caliente por las
noches. ¿Qué tiene usted para mí?
Pues... si le gustó Whitechapel, ahora tenemos en cocina Drácula
(2013-??) de la NBC. Una revisión de las andanzas del monstruo creado por
Bram Stoker, en la cuál el nosferatu viaja al Londres victoriano para vengarse
de una Orden secreta que le arrebató a su gran amor y le condenó a vagar como
no-muerto.
Suena bien. ¿Y quién es él?
A Drácula lo interpreta el bello Jonathan Rhys-Meyers, conocido en las
ondas catódicas por su papel de Enrique VIII en Los Tudor (2007-2010).
Si, y conocido por beberse hasta los botes de colonia.
Jeje... Como le decía, ésta revisión modifica lo
planteado en el libro y machacado en las numerosas películas posteriores, con
curiosas variaciones de la trama básica y de los personajes clásicos de Mina,
Lucy, Van Helsing y hasta del propio Drácula que ejerce de malévolo y cruel protagonista,
similar al de los cómics de la Marvel de los 70s.
Ya, ya...Aún así todavía no le veo el parecido con Whitechapel. No
estará usted intentando colarme gato por liebre. ¿Cómo va de audiencia?
Mire, le voy a ser sincero, no está yendo muy allá y hay dudas sobre
producir una segunda temporada.
Hombre, por favor.¿Cómo me hace usted eso? Me engolosina para después
dejarme con los dientes largos, nunca mejor dicho.
Oiga, caballero. Quizás prefiera una ración con las 15 temporadas de Urgencias (1994-2009) para quedarse satisfecho.
No se ponga así tampoco. Es verdad que la ley de la audiencia no debe ser el
único criterio y hay joyas por ahí de temporada y media, que están la mar de bien.
Tráigala pa'ca, pero hágame el favor de recomendarme otra cosa, por si me quedo
con ganas.
Muy bien. Para combinar con la negritud carmesí de Drácula, le sugiero
un plato de sabroso pollo frito con pan de maíz y budín de batata. Una serie centrada en la lucha generacional entre dos cantantes, mezclándose con tramas políticas, conflictos amorosos, sueños de fama y mucho,
mucho Country. Una serie para ver, pero, sobre todo, para oír y dejarse envolver por el encanto de Nashville (2012-??).
Puff, tiene pinta de culebrón,
aún así igual lo intento ya que a mí me destetaron con Dinastía
(1981-1989) y Falcon Crest (1981-1990),
y me ENCANTA el Country.
Pues si le gusta, ésta es su
serie. En ninguna otra parte encontrará más información sobre los entresijos de
la actual escena, con frecuentes canciones y referencias a artistas de la zona, y visitas a lugares emblemáticos como The Bluebird Cafe o al templo del Country, The Ryman Auditorium. No es la
serie perfecta, hay subtramas aburridas y cierta artificiosidad que impide que olvides que estas viendo ficción. Aún así, merece la pena por sus protagonistas: la milf Connie
Britton como Country Queen madura es un acierto de casting tremendo y Hayden
Panettiere, la inolvidable cheerleader de Héroes (2006-2010), sabe darle
fragilidad a su papel de ambiciosa nueva estrella musical.
Ok, ¿Temporadas?
Una concluida de 21 capítulos y otra a mitad con 10 episodios emitidos.
Digital + ha comenzado a echarla por lo que podrá optar entre la versión
doblada y la v.o.s.e., que siempre es más sabrosa.
Bueno, le voy a dar una oportunidad. Póngamela con la de Drácula que me
voy a pegar una maratón el fin de semana, y ya le digo.
Una de las llamadas medidas
morales que introdujo Mijail Gorbachov en la U.R.S.S. fue la lucha contra el
alcoholismo. Se limitaron las ventas de bebidas alcohólicas, se persiguió a los
ciudadanos que diesen muestras de embriaguez en la vía pública o en su trabajo,
se censuraron las escenas de borrachera de las películas… y se organizó en la
capital un festival de música para apoyar la lucha internacional contra las
drogas, en asociación con la Fundación Make A Difference.
Dicha fundación era dirigida por el traficante convicto y manager de rock, Doc McGuee, y formó parte de una condena
aplicada a McGhee, tras tratar de introducir varias toneladas de marihuana en
Carolina del Norte. Así mismo, en ese festival actuaron Sebastian Bach, Richie
Sambora, Ozzy Osbourne y todos los Mötley Crüe, que nunca han sido ejemplo de sobriedad.
Anyway, el llamado Moscow Music Peace Festival ´89, evento culmen y a la vez, canto
del cisne del Glam Metal, llevó a lo
más vistoso de ese estilo al corazón del comunismo, en un célebre vuelo que
viajó “cargado” no sólo de instrumentos ymúsicos.
Cosas del Hard Rock 80.
En aquel cartel de infarto que
congregó a 240.000 metal heads soviéticos al Lenin Central Stadium, aparecían como
grandes atractivos los punteros The Scorpions, Bon Jovi y los Crüe; Ozzy ejerciendo de
padrino de todos ellos; y nuevas promesas tales como los anfetamínicos Skid Row
y una banda de Philadelphia de imagen espantosa, que ofrecía una personal visión del género,
haciéndole amplio hueco al blues y al rock sureño.
Un grupo especial que permanece
como un secreto para muchos amantes del rock n´roll que aún no han tenido la suerte de conocer la música de Cinderella.
Tras ser descubiertos por Jon Bon
en el Club The Empire, de Philly, este les recomendó a Mercury Records, que les
publica su debut, Night Songs (1986). Con un hard rock eficaz pero, quizás demasiado incrustado en su época, se dan a conocer con el
lascivo single “Shake Me” y saltan a la fama por la frecuente rotación que la
balada “Nobody´s Fool” tiene en la MTV.
En el clip, se resaltan las
cualidades del alma y líder de la banda, Tom Keifer: su porte ambiguo,
semejante a un Steve Tyler gótico, su enorme feeling como guitarrista, su buen
gusto como compositor, y, sobre todo, una garganta venenosa, imposible de
confundir.
Virtudes que despliega en sus giras con Bon Jovi, Poison o David Lee Roth, colocando a Cinderella como la
gran esperanza del rock de la Costa Este, frente a la marea de glam rockers que
pueblan Sunset Strip.
Esto, y los tres millones de
copias del Night Songs (1986), les da libertad para intentar zafar de modas a
su segundo LP, el poderoso Long Cold Winter (1988).
La evolución se percibe desde la
intro blusera de la inicial “Bad Seamstress Blues-Fallin´Apart At The Seams”. Los
slides, el repiqueteo del birimbao y el fraseo de la armónica inundan la
canción hasta que rompen las guitarras eléctricas como muestra del sueño de
Keifer: unir pasado y presente, y enchufarle más voltios al sonido de Stones,
Aerosmith, ZZ Top y las bandas de blues-rock americanas.
Su segundo tema, el single “Gypsy
Road”, una de los favoritas de los fans, nos deja un riff y un estribillo
inolvidables, y antecede a la power ballad del álbum, “Don´t Know What You Got(Till Its Gone)”.
Aquí no hay revisión del pasado y
se factura una canción, sentida y hermosa, pero que sigue el ABC de las baladas
de su época.
Eso sí, dio pie a uno de los
momentos definitivos del rock de los 80s. Cuando en los shows de Cinderella se
tocaba “Don´t know..” , la audiencia debía levantar la vista para contemplar
cómo una plataforma descendía desde el techo con Keifer tocando un enorme piano
de cola blanco.
Sublime.
Tras ella, destacan la melodía de “The Last Mile”, el espíritu de Led Zeppelin apareciéndose por los
surcos de la grandiosa “Long Cold Winter”, y composiciones de calidad (“If
You Don´t Like It” ,“Fire And Ice”), aunque más convencionales donde se ve que
todavía no han cortado amarras con su primer trabajo.
Mención aparte merece la conmovedora
“Coming Home”, y su sensibilidad acústica
recubierta de piel eléctrica.
Con su tercer larga duración, mi
adorado Heartbreak Station (1990), se dobla la apuesta y se le cose a la bandera
sudista de la Unión, toques Soul
en coros de voces negras e instrumentos de viento, con resultado
avasallador.
La abrasiva “The More Things
Change”, el entusiasmo que destila “Shelter Me”, el emotivo crescendo de
“Heartbreak Station”, el duelo al sol que evoca “Dead Man´s
Road”…joyas que fueron ignoradas por un público que comenzaba a mirar a
Seattle. A esto se le une la interrupción del Heartbreak Station Tour, cuando Tom escupe sangre en un ensayo y se le diagnostica una grave afección en las
cuerdas vocales, de la que le ha costado recuperarse, varios años de cirugía y entrenamiento.
El fracaso deStill Climbing (1994) condena a
Cinderella, un grupo nacido para la gloria del Estadio a fajarse, actualmente, con Faster Pussycat, Night Ranger o Winger, en los clubs del circuito revival
americano.
No obstante, su modesta propuesta
actual, no le resta un átomo de grandeza a obras de arte como Long Cold Winter
(1988) y Heartbreak Station (1990). Álbumes de sabor añejo, cuyas esencias
clásicas los han conservado sin fecha de caducidad, y que aún hoy son defendidos en directo por la punzante voz de un hombre que morirá siendo
estrella del rock.
“Los mejores momentos de mi vida han estado siempre encima de
un escenario, con mis mejores amigos y haciendo lo que siempre me ha gustado,
tocar y cantar”. Tom Keifer (1993).