jueves, 24 de abril de 2014

CINEMA VÉRITÉ.


Y no hablo del trabajo de Cassavetes o de esos autores que querían hacer retrato social.

Hablo de la realidad disfrazada de fantasía como una constante en el Cine desde sus comienzos.

Como cuando durante la 2º Guerra Mundial, a Gary Cooper se le envía a animar a las tropas norteamericanas desplazadas en Nueva Guinea. El actor, persona poco elocuente, despertaba la emoción de los soldados, volviendo a ser el malogrado Lou Gehrig de El Orgullo de los Yanquis (1942), en la escena de la despedida del Yankee Stadium.

Para esa secuencia, Sam Wood decidió usar casi las mismas palabras que había empleado Gehrig tres años antes. El director sabía que no conseguiría mejores líneas que el adiós de un hombre enfermo que agradece el tiempo compartido a compañeros, entrenadores, periodistas y familia, y proclama que se siente el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra.


Otro ejemplo es la mítica El Crepúsculo de los Dioses (1950), cuando Billy Wilder busca la actriz que interprete a la decadente Norma Desmond, antigua estrella del Cine Mudo, olvidada por la Industria que decide recluirse en su mansión, entre polvo, carcoma y amargura.

¿Y quién mejor para el papel que Gloria Swanson, otrora figura cinematográfica de los años 20, venida a menos? Además de la Swanson, Wilder pobló su Sunset Boulevard de caras del Hollywood primero: Buster Keaton, Cecil B. DeMille, o el inmenso Erich Von Stroheim en el papel del servil mayordomo Max.

La fusión entre lo real y lo imaginario es total en la escena donde Norma y su joven gigoló ven una de sus viejas películas con Max ejerciendo de proyectista, y Wilder elige que se vea un trabajo real de Gloria Swanson, dirigido por el propio Stroheim.

Cine en el que se ve otro cine. La realidad sirviendo a la farsa.


En El Último Pistolero (1976), John Wayne, un envejecido outlaw al que le queda poco de vida, regresa su pueblo natal para un último tiroteo. El Oeste de principios del S.XX que se muestra en la película, con automóviles y luz eléctrica, ya no es el Far West, regido por el Duque tiempo atrás, al igual que el Hollywood de los 70 ya no es un sitio acogedor para el viejo héroe, u otros actores del largometraje como James Stewart o John Carradine.

Al menos, la Industria tuvo ese buen gesto con un Wayne que fallecería tres años después, de filmar este epitafio que permitió al actor volver a cabalgar a su querido caballo Dollor y enfrentarse a sus enemigos, ya que no podía derrotar ni al tiempo, ni al mal que le roía las entrañas.

Actualmente, siguen apareciendo muestras de este personal Cinéma vérité como el film de semificción J.C.V.D. (2008), en el que Jean-Claude Van Damme mira a cámara y le narra sus miserias al espectador o El Luchador (2008) de Darren Aronofsky, relato sobre una torturada ex -figura del Wrestling que no es más que el reflejo del declive del propio Mickey Rourke.

Así que hay que seguir atento porque no se sabe cuando la vida volverá a rasgar la pantalla.

viernes, 21 de febrero de 2014

DIXIE CHICKS. LA GRAN ESPERANZA BLANCA.

Los próximos 15 y 16 de Marzo del presente año 2014, se celebrará en el O2 Arena de Londres, la segunda edición del Country 2 Country Festival.

Tras el éxito del 2013, en el que grandes estrellas como Tim McGraw o Carrie Underwood ejercieron de punta de lanza del sonido de Nashville en Europa, en el cartel de este año se echa en falta nombres con algo más de caché que Brad Paisley y Rascal Flatts. Para compensar se ha ampliado el número de actuaciones de grupos locales y se ha incorporado un interesante CMA Songwriters Series. Un espectáculo en el que varios compositores, le explicarán a la audiencia cómo funciona su proceso de creación, y contarán anécdotas y experiencias del mundillo Country.

Labor didáctica que busca asentar este estilo en regiones que aún miran con recelo a los artistas de su género. Algo que sería innecesario, si el grupo que teloneará al mediocre Zac Brown en la primera fecha, hubiese cumplido con su deber de ser la primera banda masiva Country.

Porque el perfil de Garth Brooks es demasiado redneck para el gran público y Taylor Swift ahora quiere ser Madonna. Por eso, la apuesta clara eran las Dixie Chicks: imagen cuidada, amplio espectro en la audiencia, y habilidad para enlazar con gusto el Country y el Pop, sumado al virtuosismo multi-instrumental de las hermanas Erwin y al dominio de su voz de la temperamental Natalie Maines.


En su mano estaba derribar muros, y conseguir que su redefinición de la tradición sureña, medrase en la radio del mundo, y se impusiese definitivamente a los prejuicios. 

Curiosamente, fue Londres la ciudad que detuvo el avance de las Dixie Chicks como la gran esperanza blanca del Country, tras avergonzarse Natalie de su paisano George W. Bush, en 2003, en los días previos a la invasión de Irak. Esa frase, mitad convicción, mitad inconsciencia, las condenó al ostracismo mediático y a modestas giras por Canadá, lejos de las ventas multimillonarias y de los ampulosos shows con los que devastaban los Estados confederados.

Su éxito se había originado poco años antes, de la mano del manager Simon Renshaw, un hombre que vio algo diferente en aquellas tres chicas que, en sus comienzos, cantaban los standards de toda la vida, y no se salían del estereotipo de cowgirls de botas, camisas con chorreras y sombrero. Por eso se las llevó de compras y las animó a probar cosas nuevas en Wide Open Spaces (1998) y Fly (1999).


LPs de clara orientación radio-friendly que alcanzan el disco de diamante, pero con singles que hicieron torcer el gesto de la clase conservadora, como la cáustica “Goodbye, Earl” en la aplaudían que una esposa maltratada asesinase a su marido, o la frenética “Sin Wagon” de evidentes connotaciones sexuales.

Ahora bien, esas producciones palidecen frente a su siguiente obra: el maduro Home (2002), trabajo básico para entender el Country de las últimas décadas. Un disco, cálido y acogedor, en el que se desnuda su sonido, y se reivindican sus raíces musicales.

Ese cambio se ve también en su imagen. Se abandonan los looks urbanos y los videoclips en los que se quería disfrazar su identidad, y se las viste de Monarcas del Country, con el mensaje de somos-de-Texas-amamos-el-Country-y-estamos-orgullosas. 


Se sopla el polvo de instrumentos clásicos, se sientan en el estudio como hacían los antiguos y tejen canciones de textura acústica y sabor bluegrass que avasallan desde el comienzo. Porque tras el 1-2 de la tremenda “Long Time Gone” y la versión de Fleetwood Mac “Landslide”, besas la lona con “Travelin´Soldier”, la trágica historia de amor entre el soldado que no tenía a quién escribirle y la chica que espera que su hombre vuelva a casa. 

Te levantas como puedes y el álbum te da un respiro con las alegres “Truth No. 2” y “White Trash Wedding”, para volver a machacarte el corazón con “A Home” y “More Love”, y entonces, te alcanza en el mentón la embriagadora “I Believe In Love” y, de vuelta a la lona a golpe de viola y armonías vocales.

Te pones en pie con el aliento de la enérgica “Tortured, Tangled Hearts” y la instrumental "Lil´Jack Slade", y aprietas los dientes para encajar los ganchos cruzados de su colaboración con la mítica Emmylou Harris en “Godspeed (Sweet Dreams)” y la majestuosa melancolía de “Top Of The World”.

Y llegas al final del disco con la esperanza de ganar a los puntos, pero, hete aquí, que aparece el bonus track de “Landslide” junto a la divina Sheryl Crow y ya el K.O. es irremediable.

Ese mismo año, se editó An Evening With The Dixie Chicks (2002) en el que se interpreta en directo íntegramente Home (2002), ante un Kodak Theatre rendido a las Chicks, pero no me veo con fuerzas de subirme al cuadrilátero con él.

Una lástima que la política cercenase la carrera de la más exitosa banda femenina de todos los tiempos y nos privase de más joyas de esta categoría.

Porque cuando la demócrata California, llenó de Grammys su amargo Taking The Long Way (2006) fue, más que un apoyo sólido a su música, un acto político de una Academia que siguió ignorando la música de raíces.

El stablishment Country ya había impuesto penitencia y las Chicks tienen pocas esperanzas de recuperar su trono y volver a cantar el “Star-Spangled Banner” en una Superbowl.

Aún así, han vuelto a la carretera, y ahora da igual que no cumplieran su destino.

Entérense.

El mundo es mejor cuando cantan las Dixie Chicks.


martes, 4 de febrero de 2014

C.B. CANARIAS. ADIVINA QUIÉN VIENE ESTA NOCHE.


Una de las (pocas) cosas bien hechas de la ACB, es la fiesta de la Copa del Rey.

Un fin de semana en el que una ciudad se llena de aficionados de los ocho mejores equipos de la competición, se disfrutan de buenos partidos y el baloncesto le araña un poco de foco al todopoderoso fútbol.

A la presente edición acudirán un Real Madrid imperial; un F. C. Barcelona, que es un Fórmula 1 que, unas veces arranca, y otras no; clásicos de este torneo como el Baskonia, el Valencia o el Unicaja;  una realidad asentada en la parte alta de la tabla como el Gran Canaria; la sorpresa del CAI Zaragoza…

Y nosotros.

Un humilde C.B. Canarias que llegará mermado tras la reciente salida del montenegrino Blagota Sekulic. Enorme acierto de la secretaria técnica del club, que lo sacó de un recién ascendido C.B. Murcia, y tras un año y medio de puesta a punto, lo envía a compartir vestuario con las estrellas del Fenerbahçe, dejando un equipo descabezado sin su mejor jugador y con pívots de bolsillo para intentar detener el juego interior blaugrana.

Anyway, esto no será problema para una plantilla que, como en el cuento del Traje del Emperador, vive ignorante de si tiene categoría o no para acudir a la cita copera. Sólo sabe que sufre un trastorno glandular que hace que no pueda parar de crecer, y que pronto se recompondrá apoyándose en lo de siempre: confianza e ilusión.

Mientras tanto, hay que saber disfrutar del triunfo obtenido, hacer un buen papel frente al Barça, y pensar que hace 27 años que no se jugaba la Copa del Rey.

Que en el Canarias todavía permanecen jugadores que hacían tambalear los muros del Ríos Tejera cuando militaban en la modesta LEB II y que el viernes se codearán con la élite del basket nacional.

Y que nadie nos quitará el gustazo de ver aparecer por el Martín Carpena las banderas aurinegras, y que desde la grada se oiga cantar Canarias, Canarias.

Eso es GRANDE.

Lo demás son sólo números.

martes, 28 de enero de 2014

LEIVA. PÓLVORA (2014). CON LAS GUITARRAS CARGADAS Y LA MIRADA PERDIDA.


Casi siempre he seguido a héroes muertos. 

Músicos del pasado con monumentales discografías en las que poder perderse entre los prometedores trabajos de los inicios, los años de esplendor, los apoteósicos Live at the…, y los palos de ciego de volvemos-a-los-orígenes o nos-adaptamos-a-los-nuevos-tiempos cuando los años ocultan la inspiración.

Ha sido para mí, una experiencia el verme contando los días para poder escuchar lo nuevo de Leiva mientras Diciembre (2012) me acompaña mañana, tarde y noche. Pero al fin, llegó el día en el que Miguel Conejo Torres se ha decidido ha presentarnos a su segundo vástago, un anhelado Pólvora (2014) que recién da sus primeros pasos.

A darle forma ha colaborado el productor Carlos Raya, recomendado por los amigos de M-Clan y Quique González, y además, el artista madrileño se ha dado el gustazo de contar con el mítico Joe Blaney, nombre frecuente en trabajos de Keith Richards, The Clash o Tom Waits, para intentar repetir la receta de su debut en solitario: Guitarras pop-rock, y arreglos de viento y cuerda para custodiar la letra franca y tierna de Leiva, en el intento de confirmar la brillantez de hace dos años. 

La mecha la prende “Los Cantantes”, defensa del oficio, ya conocida por los fans en su formato acústico, que pierde sentimiento al electrificarla pero gana en intensidad. Es fácil imaginársela desplegando carisma sobre las tablas con la audiencia rugiendo eso de “…subir al escenario principal, es todo lo que quise conquistar en la vida…”. Le sigue la sinuosa “Terriblemente Cruel”, en la que Leiva demuestra su talento para el estribillo abrumador. Tras ella, llega “Palomas”, con aires de Calamaro en un precioso medio tiempo que sostiene el nivel de los tracks anteriores y despeja definitivamente los temores de un erróneo bandazo que no aguantase la comparativa con Diciembre (2012). 

“Cerca” es otra canción infecciosa de las muchas que pueblan el álbum, que se te clava en el alma y te descubres tarareándola desde que abres los ojos por la mañana. A continuación, el LP alcanza puerto de montaña con la sugerente “Afuera En La Ciudad”. Una relación que se deshilacha, imágenes evocadoras que mezclan lo cotidiano con lo sublime vestidas por violines, en una golosina que no pierde gusto por más que la saborees.


“Del Hueso Una Flor” pese a no ser una composición mediocre, se ve lastrada por un estribillo un tanto ñoño, aunque puede que posteriores escuchas le hagan sumar puntos. “Vértigo” supura angustia vital sobre una mínima línea de guitarra y sintetizador, y rompe con el perfil melódico del disco hasta el momento. “Hermosa Taquicardia”, es otro acierto musical e incide en la temática de las astillas que van brotando en las relaciones.

Con “Mirada Perdida” se cierra el tramo melancólico y se hunde el acelerador en un potente power-pop, concebido para el escenario. “Ciencia-Ficción”, otro tema arrebatador con los Hammonds asomando todo el rato como hacían los Stones en los 70s, y precede a “Mi Mejor Versión”, tonada arrabalera de matices roqueros, y “Francesita”, sentida balada, marca de la casa, que busca exorcizar un corazón roto. Lo mismo que intenta la canción “Pólvora”, delicada pieza de piano que te deja empotrado en el sillón.  

Por ponerle un pero, estaría genial que hubiera sacado un poco la lengua Rollinga como hacía en esos rocanroles, vacilones y humeantes, que tan bien le quedaban a Pereza. Anyway, no se le pueden poner pegas a este gol por la escuadra. Un disco, pletórico de inspiración y melodía, en el que no sabes a donde mirar de la cantidad de temazos que lo conforman y que son dinamita para el directo.

Porque a mí, ya sólo me queda disfrutar de Pólvora (2014) y esperar que, por favor, Leiva acepte mi dinero y poder entrar a una sala en la que desgrane con arte su obra en solitario, a lo mejor, dejando para los bises las perezosas “Lady Madrid” o “Super hermanas”.

Y después morirme.

martes, 31 de diciembre de 2013

LA JUNGLA DE CRISTAL (1988). I NEED A HERO.




















No fue la primera, pero sí la mejor.

Antes se habían estrenado Acorralado (1982), y Terminator (1984), que se  desvinculaban del género de Aventuras, del Policíaco, o del Bélico, y marcaban las líneas maestras de lo que se comenzaba a llamar Cine de Acción. Historias de planteamiento sencillo y ritmo vertiginoso, en las que el antihéroe solitario lucha por vencer al enemigo superior y salvar a la chica, en medio de un huracán de persecuciones, explosiones y balas.

Incluso el humor ya se había añadido a la mezcla en la icónica Arma Letal (1987). No obstante, en La Jungla De Cristal (1988) confluyen una serie de claves que han hecho que el resto de Action movies sueñen con alcanzar ese aura de clásico definitivo que estos 25 años le han otorgado al film de McTiernan.

Del libro Nothing Lasts Forever, de Roderick Thorp, cuyo personaje principal ya había sido llevado al cine en la piel de Frank Sinatra, se extrae una historia que comienza con el sargento-detective John McClane viajando a Los Angeles para visitar a su familia en Navidad. Tras reunirse con su esposa en la sede de la multinacional japonesa en la que trabaja esta, hace su aparición un grupo de asalto paramilitar, al compás del Himno De La Alegría de Beethoven y del rugido de sus Heckler & Koch MP5. Anyway, no contaban con la presencia de un hombre que decide enfrentarse a ellos, únicamente armado con su instinto de poli de Nueva York, su sarcasmo, una capacidad infinita para soportar el dolor, una Beretta, un paquete de cigarrillos alemanes y un par de huevos.

El papel protagonista pasó por las agendas de Arnold, Sly, Nick Nolte, Burt Reynolds (!) y Richard Gere (!!) hasta que se le adjudica a un actor cómico de T.V., un tal Bruce Willis que buscaba saltar a la gran pantalla, y que fue camuflado en la carátula por la desconfianza que los productores tenían en que él solo pudiera aguantar la película.

No obstante, ese aparente missmatch, no empeora y sí enriquece unos fantásticos 131 minutos de puro entretenimiento que han engendrado un rebaño de largometrajes que repitieron ad nauseam su misma fórmula. 

Y es que el héroe contra terroristas en un único entorno, es un argumento que viaja por Alerta Máxima (1992), Pasajero 57 (1992), Speed (1994), Muerte Súbita (1995), La Roca (1996)…hasta llegar a Objetivo: La Casa Blanca (2013), que, directamente, fusila el guión de La Jungla de Cristal.

No se dan cuenta que, aparte de la historia, lo que atrae de esta película es la masterclass de John McTiernan tras las cámaras, que crea una maquinaria infalible de nervio, agilidad y espectáculo visual. Nada que ver con el mareante frenesí para adolescentes de un género, que hoy sigue perdido en su obsesión por el bigger, higher, faster.

Incluso la propia saga Die Hard se ha contagiado por este declive, en unas últimas secuelas en las que Willis pasa de ser un hombre corriente en el sitio incorrecto en el momento equivocado, a transformarse paulatinamente en un imparable Golem calvo.

Lo más que se acerca al personaje original es su socias, el cochambroso detective Joe Hallenbeck, de la inigualable El Ultimo Boy Scout (1991), similar a McClane en  ingenio, testosterona y frases lapidarias por minuto. Tipos desastrados en tiempos de dioses nórdicos y armaduras de ultratecnología, pero cuya humanidad es una inspiración para el espectador.

Por eso yo siempre querré que me proteja John McClane.

El que se veía acojonado cuando escucha las primeras ráfagas de ametralladora, el que se arranca los cristales de la planta de los pies y le ruega al sargento Powel que le pida a Holly McClane Gennero que lo perdone.

Yo me quedo con ese cínico de incipiente alopecia y camisilla Imperio, insolente y derrotado por la vida, pero siempre dispuesto a luchar por liberar al Nakatomi Plaza de las garras del luciferino Hans Gruber. 

Siempre, aceptando su responsabilidad ante la adversidad.

Siempre, un héroe.


 ¡Yippee Ki Yay, hijo de puta!

sábado, 28 de diciembre de 2013

VAMPIROS SOBRE NASHVILLE.

  • Buenas noches.
  • Buenas noches.
  • ¿Qué desearía tomar esta noche? Espero que haya disfrutado de su última experiencia.
  • Si, si. La verdad es que me he divertido mucho en mi periplo por Whitechapel (2009-2013) y ahora me siento huérfano de una serie que me caliente por las noches. ¿Qué tiene usted para mí?
  • Pues... si le gustó Whitechapel, ahora tenemos en cocina Drácula (2013-??) de la NBC. Una revisión de las andanzas del monstruo creado por Bram Stoker, en la cuál el nosferatu viaja al Londres victoriano para vengarse de una Orden secreta que le arrebató a su gran amor y le condenó a vagar como no-muerto.
  • Suena bien. ¿Y quién es él?
  • A Drácula lo interpreta el bello Jonathan Rhys-Meyers, conocido en las ondas catódicas por su papel de Enrique VIII en Los Tudor (2007-2010).
  • Si, y conocido por beberse hasta los botes de colonia.
  • Jeje... Como le decía, ésta revisión modifica lo planteado en el libro y machacado en las numerosas películas posteriores, con curiosas variaciones de la trama básica y de los personajes clásicos de Mina, Lucy, Van Helsing y hasta del propio Drácula que ejerce de malévolo y cruel protagonista, similar al de los cómics de la Marvel de los 70s.
  • Ya, ya...Aún así todavía no le veo el parecido con Whitechapel. No estará usted intentando colarme gato por liebre. ¿Cómo va de audiencia?
  • Mire, le voy a ser sincero, no está yendo muy allá y hay dudas sobre producir una segunda temporada.
  • Hombre, por favor.¿Cómo me hace usted eso? Me engolosina para después dejarme con los dientes largos, nunca mejor dicho.
  • Oiga, caballero. Quizás prefiera una ración con las 15 temporadas de Urgencias (1994-2009) para quedarse satisfecho.
  • No se ponga así tampoco. Es verdad que la ley de la audiencia no debe ser el único criterio y hay joyas por ahí de temporada y media, que están la mar de bien. Tráigala pa'ca, pero hágame el favor de recomendarme otra cosa, por si me quedo con ganas.
  • Muy bien. Para combinar con la negritud carmesí de Drácula, le sugiero un plato de sabroso pollo frito con pan de maíz y budín de batata. Una serie centrada en la lucha generacional entre dos cantantes, mezclándose con tramas políticas, conflictos amorosos, sueños de fama y mucho, mucho Country. Una serie para ver, pero, sobre todo, para oír y dejarse envolver por el encanto de Nashville (2012-??).
  • Puff, tiene pinta de culebrón, aún así igual lo intento ya que a mí me destetaron con Dinastía (1981-1989) y Falcon Crest (1981-1990), y me ENCANTA el Country. 
  • Pues si le gusta, ésta es su serie. En ninguna otra parte encontrará más información sobre los entresijos de la actual escena, con frecuentes canciones y referencias a artistas de la zona, y visitas a lugares emblemáticos como The Bluebird Cafe o al templo del Country, The Ryman Auditorium. No es la serie perfecta, hay subtramas aburridas y cierta artificiosidad que impide que olvides que estas viendo ficción. Aún así, merece la pena por sus protagonistas: la milf Connie Britton como Country Queen madura es un acierto de casting tremendo y Hayden Panettiere, la inolvidable cheerleader de Héroes (2006-2010), sabe darle fragilidad a su papel de ambiciosa nueva estrella musical. 
  • Ok, ¿Temporadas? 
  • Una concluida de 21 capítulos y otra a mitad con 10 episodios emitidos. Digital + ha comenzado a echarla por lo que podrá optar entre la versión doblada y la v.o.s.e., que siempre es más sabrosa. 
  • Bueno, le voy a dar una oportunidad. Póngamela con la de Drácula que me voy a pegar una maratón el fin de semana, y ya le digo.

viernes, 20 de diciembre de 2013

CINDERELLA. LA VOZ DE LOS OLVIDADOS.



     Una de las llamadas medidas morales que introdujo Mijail Gorbachov en la U.R.S.S. fue la lucha contra el alcoholismo. Se limitaron las ventas de bebidas alcohólicas, se persiguió a los ciudadanos que diesen muestras de embriaguez en la vía pública o en su trabajo, se censuraron las escenas de borrachera de las películas… y se organizó en la capital un festival de música para apoyar la lucha internacional contra las drogas, en asociación con la Fundación Make A Difference.

Dicha fundación era dirigida por el traficante convicto y manager de rock, Doc McGuee, y formó parte de una condena aplicada a McGhee, tras tratar de introducir varias toneladas de marihuana en Carolina del Norte. Así mismo, en ese festival actuaron Sebastian Bach, Richie Sambora, Ozzy Osbourne y todos los Mötley Crüe, que nunca han sido ejemplo de sobriedad.

Anyway, el llamado Moscow Music Peace Festival ´89, evento culmen y a la vez, canto del cisne del Glam Metal, llevó a lo más vistoso de ese estilo al corazón del comunismo, en un célebre vuelo que viajó “cargado” no sólo de instrumentos y  músicos.  

Cosas del Hard Rock 80.

En aquel cartel de infarto que congregó a 240.000 metal heads soviéticos al Lenin Central Stadium, aparecían como grandes atractivos los punteros The Scorpions, Bon Jovi y los Crüe; Ozzy ejerciendo de padrino de todos ellos; y nuevas promesas tales como los anfetamínicos Skid Row y una banda de Philadelphia de imagen espantosa, que ofrecía una personal visión del género, haciéndole amplio hueco al blues y al rock sureño.

Un grupo especial que permanece como un secreto para muchos amantes del rock n´roll que aún no han tenido la suerte de conocer la música de Cinderella.


Tras ser descubiertos por Jon Bon en el Club The Empire, de Philly, este les recomendó a Mercury Records, que les publica su debut, Night Songs (1986). Con un hard rock eficaz pero, quizás demasiado incrustado en su época, se dan a conocer con el lascivo single “Shake Me” y saltan a la fama por la frecuente rotación que la balada “Nobody´s Fool” tiene en la MTV.

En el clip, se resaltan las cualidades del alma y líder de la banda, Tom Keifer: su porte ambiguo, semejante a un Steve Tyler gótico, su enorme feeling como guitarrista, su buen gusto como compositor, y, sobre todo, una garganta venenosa, imposible de confundir.


Virtudes que despliega en sus giras con Bon Jovi, Poison o David Lee Roth, colocando a Cinderella como la gran esperanza del rock de la Costa Este, frente a la marea de glam rockers que pueblan Sunset Strip.

Esto, y los tres millones de copias del Night Songs (1986), les da libertad para intentar zafar de modas a su segundo LP, el poderoso Long Cold Winter (1988).

La evolución se percibe desde la intro blusera de la inicial “Bad Seamstress Blues-Fallin´Apart At The Seams”. Los slides, el repiqueteo del birimbao y el fraseo de la armónica inundan la canción hasta que rompen las guitarras eléctricas como muestra del sueño de Keifer: unir pasado y presente, y enchufarle más voltios al sonido de Stones, Aerosmith, ZZ Top y las bandas de blues-rock americanas.


Su segundo tema, el single “Gypsy Road”, una de los favoritas de los fans, nos deja un riff y un estribillo inolvidables, y antecede a la power ballad del álbum, “Don´t Know What You Got  (Till Its Gone)”.

Aquí no hay revisión del pasado y se factura una canción, sentida y hermosa, pero que sigue el ABC de las baladas de su época.

Eso sí, dio pie a uno de los momentos definitivos del rock de los 80s. Cuando en los shows de Cinderella se tocaba “Don´t know..” , la audiencia debía levantar la vista para contemplar cómo una plataforma descendía desde el techo con Keifer tocando un enorme piano de cola blanco.

Sublime.

Tras ella, destacan la melodía de “The Last Mile”, el espíritu de Led Zeppelin apareciéndose por los surcos de la grandiosa “Long Cold Winter”, y composiciones de calidad (“If You Don´t Like It” ,“Fire And Ice”), aunque más convencionales donde se ve que todavía no han cortado amarras con su primer trabajo.

Mención aparte merece la conmovedora “Coming Home”, y su sensibilidad acústica recubierta de piel eléctrica. 


Con su tercer larga duración, mi adorado Heartbreak Station (1990), se dobla la apuesta y se le cose a la bandera sudista de la Unión, toques Soul en coros de voces negras e instrumentos de viento, con resultado avasallador.

La abrasiva “The More Things Change”, el entusiasmo que destila “Shelter Me”, el emotivo crescendo de “Heartbreak Station”, el duelo al sol que evoca “Dead Man´s Road”…joyas que fueron ignoradas por un público que comenzaba a mirar a Seattle. A esto se le une la interrupción del Heartbreak Station Tour, cuando Tom escupe sangre en un ensayo y se le diagnostica una grave afección en las cuerdas vocales, de la que le ha costado recuperarse, varios años de cirugía y entrenamiento.

El fracaso de  Still Climbing (1994) condena a Cinderella, un grupo nacido para la gloria del Estadio a fajarse, actualmente, con Faster Pussycat, Night Ranger o Winger, en los clubs del circuito revival americano.

No obstante, su modesta propuesta actual, no le resta un átomo de grandeza a obras de arte como Long Cold Winter (1988) y Heartbreak Station (1990). Álbumes de sabor añejo, cuyas esencias clásicas los han conservado sin fecha de caducidad, y que aún hoy son defendidos en directo por la punzante voz de un hombre que morirá siendo estrella del rock.


 “Los mejores momentos de mi vida han estado siempre encima de un escenario, con mis mejores amigos y haciendo lo que siempre me ha gustado, tocar y cantar”. Tom Keifer (1993).