sábado, 26 de mayo de 2012

INDIANA PACERS. DEFINITELY MAYBE.


En 49 estados es sólo basket.
Pero esto es Indiana.

            Proverbio Indiano.


   Se iniciaba placidamente la temporada 2004-05 para unos Indiana Pacers que eran de los gallitos del Este y planeaban seguir los pasos de los Pistons, campeones el curso anterior.

Los de Michigan le habían dado una cachetada a la conferencia Oeste que ya no miraba con cariñosa benevolencia a los vecinos de enfrente y su catenaccio de sudor y cemento.

El GM Larry Bird pensaba que sus Pacers, líderes de la NBA, jugaban con mejores cartas que Detroit: Ron Artest y su premio a mejor defensor del año, la confirmación del pívot All-Star Jermaine O´Neal, la vuelta de tuerca de contar con el ardor guerrero del alero Stephen Jackson y, en el banquillo, Rick Carlisle y su recto cartapacio de basket-control.

Con lo que no contaba Larry Legend es que la tolerancia a la frustración de su plantilla caminaba por un alambre que se rompió un 19 de Noviembre de 2004.




Las peleas dentro de la cancha son un apreciado condimento para el espectador, lo que no tolera la NBA es perder los dólares de un público wasp que los dejará de pagar si piensa que con la entrada se sortea una paliza de Ron Artest.

La maldición del Palace ha pesado hasta hoy sobre la franquicia, desbaratando los continuos intentos de borrón y cuenta nueva, hasta el punto de que ya se veían meigas por los pasillos del Bankers Life Fieldhouse de Indianápolis.

Con el ánimo de espantarlas, mediada la presente temporada, se han librado del último jugador de aquella época que permanecía en el roster, un marginal Jeff Foster, como sacrificio que permita vislumbrar un equipo que centre las miradas de un estado que respira baloncesto, pero que no vibra con Indiana Pacers.

Claro ejemplo de esto, es el recuerdo de un alucinado Jasikevičius, que no entendía cómo en las conversaciones de bar, se mezclaban al mismo nivel, los Hoosiers de Indiana University con resultados de partidos de instituto o los fichajes Pacers.

Esta actitud inspiró a Bird para formar una plantilla joven, cercana al basket colegial, que encandile a los fans que hacen zapping cuando su equipo NBA sale en TV, y que no llenan el pabellón.


El buen ojo del antiguo número 33 de los Celtics, ha conseguido exprimir uno de los presupuestos más bajos de la liga hasta poder vestir de amarillo y azul la clase en la pintura del power forward David West, el sufrimiento de Ty Hansbrough, la ambición del capitán Danny Granger, la sangre del base George Hill, natural de Indianápolis que regresa tras hacer la mili con Popovich, el escolta oversized Paul George o, la esperanza que albergan los 2,18 m. del jamaicano Roy Hibbert, ex Georgetown, Alma Mater de centers tales como Pat Ewing, Alonzo Mourning o Dikembe “Memorias de África” Mutombo.

Equipo compensado en todas sus posiciones con la oportunidad ideal de luchar por la final NBA como representante de una Conferencia Este, asolada por las lesiones. 

El problema vino por un detalle que se le escapó al Mejor Ejecutivo del Año.  Indiana Pacers tenía una buena mano de cartas pero ningún rey en coronas. Muchos 7s, pero ningún 10, buenos jugadores pero ningún puntal A que cambie el rumbo de un partido en contra, cuando más aprieta el calor.

Esto hizo que la responsabilidad fuese un balón que se pasase sin cesar entre los verdes Pacers, mientras reprimían sus ganas de lanzarlo al puesto de comentaristas donde a un retirado Reggie Miller, seguro que no le pesa la presión de un último tiro ganador.


La historia termina con los Miami Heat en la final de conferencia y Larry Bird llamando blandos a sus jugadores, mientras los vuelve a meter en el horno y reza para que la maldición del Palace no los visite el próximo año.  








sábado, 19 de mayo de 2012

BRUCE SPRINGSTEEN & THE E STREET BAND. EL GENUINO SABOR AMERICANO.




   La E Street Band toma posiciones, y el Jefe entorna los ojos mientras comienza a cantar We take care of our own, primer single de su último álbum, el reivindicativo Wrecking Ball. Quizás, para poder escarbar mejor en su alma, y escupir la rabia por un mundo que se desmorona. Quizás, en espera a que la oscuridad termine de tapar los claros del estadio. 

Aún así, la posible decepción, no le resta un gramo de fuerza a un Springsteen que desde el primer tema, se sacude y se agita como un caballo de carreras a punto de tomar la salida, ni mucho menos, se lo resta a un público ya entregado desde el ¡Hola, Gran canaria!.

Tras la canción Wrecking Ball, el orgullo de New Jersey se acomoda su mítica Fender Telecaster y ataca un Badlands que hincha de épica el primer clásico de la noche que incide en la protesta por las injusticias y la ilusión por un mejor mañana. Su carga emocional tras años de escucha, pone al rojo vivo las calderas del recinto al calor del martilleante riff de teclados. La intensidad no decrece con la combativa No Surrender, en la que se aprietan los dientes al cantar No retreat, baby, no surrender, preludio del nervio celta de Death to my Hometown que casi podría tumbar los muros de Wall Street, sólo con la energía de su sección de vientos.
A partir de ahí, el intercalado de canciones recientes con clásicos poco familiares para el no fanático de Springsteen, y un innecesario discurso por parte de un multimillonario que habla de perder casas y trabajos, te aleja del corazón del concierto y te acerca a la barra del kiosko, en busca de Carta de Oro. Anyway, no se le puede dar la espalda al grueso ritmo hard rockero de Seeds, que hace brotar miles de air guitars y te encierra en la célebre caja Live/1975–85.

A esas alturas de la noche, ya ha habido tiempo para fijarse en el carisma gipsy del inefable Little Steven o para echarle un  vistazo al saxo Jake Clemons, y al inmenso vacío dejado por la muerte de su tío Clarence. 

Sobre el escenario, se percibe la herida no cerrada en los viejos amigos, que  reservan la derecha del Boss, para la memoria del camarada que antaño le ajustaba las cuentas a los dueños de los clubs que se resistían a pagar por el talento de la E Street Band. 

Homenaje que se repetiría al final del concierto, con una pantalla central que muestra una mirada fija del Big Man que encoge por igual el corazón de músicos y espectadores. 

Las interpretaciones de Waitin’ on a sunny day, The Promise Land, The Rising, o Land of Hope and Dreams suponen un remonte de esperanza, solamente ahogado por la melancolía de The RiverLagrimas con el gemir de la armónica que inicia una travesía que te absorbe en la triste historia de cómo los sueños se te escapan entre los dedos, y cinco minutos que ya valen por un viaje.  

Para el final, la banda despliega la artillería con cañonazos que irrumpían al filo de la medianoche, del calibre de la reaganiana (le pese a quién el pese) Born in the U.S.A., o el arrollador entusiasmo de Born to Run, en la que se te iba la vida gritando el “…tramps like us baby we were booooorn to ruuuuuuuunnn...".

Gran sesión de Stadium Rock, que, leyendo las crónicas de Barcelona, podría haber sido genial. Así que, háganse un favor. Compren su entrada y contemplen cómo Bruce Springsteen & The E Street Band, resumen 40 años de música americana, a la vez que buscan el interruptor que nos ilumine en estos tiempos oscuros.

Para concluir, mi respeto y admiración a los discapacitados físicos que se acercaron esa noche a disfrutar del concierto. Verdaderos HÉROES que se enfrentan a un difícil día a día, que no merma sus ganas de vivir.   

sábado, 12 de mayo de 2012

RAY ALLEN. (PEN)ÚLTIMO ASALTO.


“…ya no más, ya no más…”

Roberto “Mano de Piedra” Durán, pidiéndole al jurado que le salve de la paliza que “Sugar” Ray Leonard le está dando, en un combate por el título del peso Welter.



    Del reciente K.O. técnico que Atlanta Hawks sufrió a manos de Boston Celtics, se puede concluir que el que le firmó 120 millones de dólares (120 millones!) a Joe Johnson fue un iluminado, que Garnett es capaz de tumbar él solo a todo el estado de Georgia y que el veterano Big Three de Boston se deshará este verano.

Con Paul Pierce se quedarán porqué Celtics mima a sus leyendas, y su escasez en los puestos interiores hará que le compren otro viaje a The Big Ticket. Por lo tanto, la única opción que queda es cometer la grosería de deshacerse de Ray Allen.

Las opciones de Sugar Ray son seguir el ejemplo de sus compañeros de la dorada quinta del 96, Derek Fisher o el eterno Steve Nash, aportando fugaces minutos de calidad en un aspirante o darle el gusto a los aficionados de una franquicia modesta que pague por ver un año más, como Allen se aventura en una jungla de codos y muslos, de la que sólo escapa para acudir a su cita con el triple.

Quizás, si reflexiona sobre como el pobre Baron Davis se dejó la rodilla en el parqué del Madison, se decida a colgar los guantes y marcharse con su anillo y su  inalcanzable record de canastas de 3, bajo el brazo.  

Sin Killer Miller y sin Ray Allen, los tiradores serán, únicamente, livianos escoltas blancos de pelo lacio, que se buscan la vida en 2º cuartos, mientras la figura anotadora y el especialista defensivo, toman Gatorade en el banquillo.

En la ultracompetitiva NCAA, no hay tiempo para aprender a tirar, los jugadores exteriores saben que cms., físico y dribling se traduce en ceros en la cuenta corriente. Ya habrá tiempo para mejorar el tiro, cuando los años les obliguen a evitar el contacto. Y por ahí, se disipará un arte que en los inicios de la liga era requisito para que te dejasen vestirte de corto.





Formando parte de los Orgullosos Verdes, con los Bucks de Pichichi Robinson y Sam Cassell o en aquellos excitantes Sonics que con una montaña de triples te empujaba contra las cuerdas, el juego de Ray siempre ha contado con la elegancia austera del fino estilista que ametralla con una dulce suspensión que es, al mismo tiempo, un directo a la mandíbula del adversario, y el fundamento vivo del lanzamiento de larga distancia. 


Papá! 

Esta noche comienzan las semifinales de la Conferencia Este, entre unos Philadelphia 76ers de clase media y unos C’s de colmillo retorcido. La europea afición del TD Garden, tratará de intimidar a Philadelphia con el recuerdo de los combates de los 80s. Anyway, estoy seguro que, a pesar del bullicio, mientras dure el vuelo del balón entre los dedos de Ray Allen y la canasta, se le rendirá merecido homenaje a este histórico escolta, campeón imbatido en la maña que premia al jugador y desnuda al atleta.