jueves, 31 de octubre de 2013

LOU REED. UNO DE LOS NUESTROS.



   Me jode pecar de oportunista y dedicarle un post justo ahora que tras su muerte, le llueven los homenajes.

Sin embargo, no puedo evitar escribir sobre alguien tan Triple Amenaza como Lou Reed.

Frente a deidades como David Bowie del que yo dudo que realice las necesidades fisiológicas de todos los seres humanos, Reed siempre fue más cercano.

Un superviviente que hablaba con crudeza de lo que había experimentado. Un músico real al que los electroshocks de su niñez le activaron una capacidad especial para convertir lo local en universal.

Es por esto que su Nueva York, yonkie y poética, también se entreveía en las ciudades españolas de la Transición, y toda una generación que empezaba a respirar, abrazó la portada del Transformer (1972) y apostó por ser libre.

Como los Burning o el Loco que sabían que no podían ser Jagger o Elvis, pero sí podían intentar parecerse a Lou Reed.


Yo conocí ese disco, veinticinco años después, cuando aún no se había democratizado el acceso a la música y cada CD era oro. Se vino a casa conmigo tras un almuerzo en casa de mi tío y ahí sigue, junto al recuerdo nebuloso de “Hangin´ Round”, “Satellite Of Love”, “Vicious”, “Perfect Day” y, por supuesto, la majestuosa “Walk On The Wild Side”. 

Se hubiera retirado tras grabar esto y no sería menos grande.

Ténebre canción de cuna que acompaña un desfile decadente de travestis, camellos y chaperos de la Corte de Andy Warhol que te invitan a pasarte al lado salvaje. Prueba palmaria de que, como decía Sick Boy, Lou Reed LO TENÍA. Y si no lo mostró con más frecuencia fue porque sufrió la paradoja de sobrevivir a la época de la que se nutría su talento. 

Anyway, su maltratado hígado le ha dado la posibilidad de volver a coger la forma. Porque en el Cielo al que va Lou, se ve el Empire State desde cada esquina, Holly, Candy y Joe acaban de llegar a la ciudad, y la heroína es pura. 


miércoles, 23 de octubre de 2013

DRY MARTINI. ALTO VOLTAJE.



   Tras fallecer Don Alfredo, hablaba un bajo José Luis Garci de la amistad que los unió durante cuarenta años.

Del día en el que se lo presentaron y se fueron al boxeo, de lo que era pasear con Alfredo Landa por el Madrid de los 70s, de sus planes de rodar juntos El Crack, 3ª parte, de los primeros indicios de la enfermedad… y de las pobladas cenas en el ático del actor que siempre concluían con un tsunami de Dry Martinis y el amanecer colándose por la silueta de la ciudad.

Pero…¿martini?... ¿vermú?...en mi ignorancia, me resultó extraña la elección de una bebida tan suave. De los protagonistas me hubiese pegado más regar con Vega-Sicilia la comida y un robusto Chivas con edad de votar para amenizar las tertulias sobre la crisis del cine español, sobre la mejor época del año para viajar a Nueva York o sobre los valores del PP.

No obstante, no tardé mucho en salir de mi confusión y comenzar a intimar con el rey de los cocktails.

De origen ambiguo, me gusta la versión que lo sitúa a principios del S. XX, en la barra del Hotel Knickerbocker, en la esquina de Broadway con la 42, ante un entregado John D. Rockefeller que pronto habla a sus amistades de las bondades de este sencillo combinado de ginebra.

Dino desayunando.

Aunque la verdadera labor de divulgación la realiza el Cine donde los Dry Martinis pasan de los labios de la divina Bette Davis en Eva Al Desnudo (1950) al vagón-restaurante en el que Cary Grant se siente Con La Muerte En Los Talones (1959), y de ahí, a la habitación en la que James Bond templa los nervios antes de enfrentarse al Dr. No (1962). E incluso se habla de un moribundo Bogart lamentándose de haber abandonado el whisky por las balas de plata. 

Para un mitómano hasta el tuétano como yo, con menos había para que me lanzase a perseguir esta bebida hasta conseguir cercarla en un hotel de Fuerteventura. Tras negociar con la camarera, por fin, la pude probar y ya no hubo marcha atrás.

Fascinado, a mi regreso a casa me hice con un modesto kit y, asesorado por Garci, me introduje en la liturgia de su elaboración: Imprescindibles las copas de cóctel conservadas en la nevera junto con la ginebra. Se vierte el vermú seco en el vaso mezclador para, más adelante, eliminarlo de manera que sólo quede un recuerdo de su sabor sobre el esmalte del hielo. Acto seguido, se le suma ginebra en dosis generosa, se cuela en copa, y se le añade aceituna sin hueso y floritura de piel de limón.

Y voilà, un +30 en Carisma con sólo sostenerlo en la mano.

Una brusco corrientazo que enciende el ánimo.

Un gancho de Alí que te envía a la habitación de los sueños.

Un latigazo helado en plena espina dorsal.

Un ¿dónde-has-estado-tú-toda-mi-vida?

No sé si llegaré a tener la muñeca de Don Alfredo, pero ganas y afición no me faltan, así como el compromiso de difundir su palabra entre todos los que coincidan conmigo en que ya está bien de la dictadura del gin-tonic, que siempre fue una bebida de viejas, y de tanto mojito que esto parece Cuba.

Para empezar, ya he convertido a la causa a mi madre y convencí a Iban para que haya vermú seco en Los Parados.



Larga vida al Rey.

martes, 22 de octubre de 2013

CARLES PUYOL. CORAZÓN DE LEÓN.

“Se hubiese dedicado al balonmano, y también hubiera triunfado” Álex R.H.




   Fracturas, esguinces, rotura de ligamentos en la rodilla izquierda, lumbalgia, doble artroscopia en la rodilla derecha,… siete meses parado y treinta y cinco años en las costillas.

Y seguro que el sábado viajó a Pamplona con la ilusión de un juvenil.

Con las mismas ganas que cuando saltó a Zorrilla en su debut de la mano del neurótico Louis Van Gaal. Un entrenador que entre el ramillete de tulipanes que se marchitaron, lejos del Allianz de Ámsterdam, buscó hueco para un recio carnero que devoraba la banda derecha y que suplía su tosquedad, con raza y compromiso.

Nacido en La Pobla de Segur, una pequeña aldea de invierno riguroso en pleno corazón del Pirineo catalán, pronto viajó a La Masía para aprenderse de carrerilla los valores del Barça y para enseñar que lo que no se alcanza con talento natural, se consigue dejándose la piel en el campo.

Le tocó vivir la época dura del postnuñismo y ver a Fabio Rochemback en el once titular del F.C. Barcelona, las caipiriñas vacías de Ronaldinho por el suelo del vestuario, y los cogotazos que, periódicamente, le calzaban a la selección española.

Pero tuvo paciencia y triunfó, centrando la calidad distraída de Piqué y encajando en la filarmónica culé de un Guardiola que sabía que para sonasen bien los violines, hacía falta que alguien tocara el tambor.

E incluso le llegó su noche de gloria, por una vez, en el área contraria:

Semifinales del Mundial de Sudáfrica 2010. España-Alemania. Minuto 77.

La pelota sale del córner en vuelo templado hacia un corpulento bosque rubio del que emerge un moderno Tarzán que reniega del tiki taka y se disfraza de Santillana para poner el sueño del Mundial al alcance de la mano.

En la celebración del tanto, la forma en la que el resto de compañeros se cuelga de su espalda es metáfora de su papel en el equipo.

No quieren a otro capitán para ir a la guerra, porque conocen que las treinta y seis lesiones sufridas no han afectado sus dos principales virtudes.

Un enorme corazón cargado de coraje y una idea fija de que el destino del mundo sigue dependiendo de arrebatarle el balón al delantero rival.

miércoles, 16 de octubre de 2013

IN LIKE McQUEEN.



La clave está en que parezca fácil, que se hace sin esfuerzo.

Que ser icono surge de forma espontánea.

Pero lamentablemente, no es así.

Hacen falta quintales de magnetismo para alcanzar ese je ne sais quoi de los elegidos.

Porque no todos podemos molar tanto como Steve McQueen.

Si viviera, a ese hombre atormentado, de rostro esculpido y mirada láser, más a gusto entre las emanaciones de etanol de las carreras de coches que participando del juego de Hollywood, seguro que le haría gracia el predicamento que tiene su forma de vestir (vivir), décadas después de su muerte.


El total denim look de La Última Tentativa (1963), la combinación imbatible de trench, americana y jersey de cuello alto con la que recorría las calles de San Francisco en Bullit (1968), el impecable tres piezas salido de la aguja de Theadora Van Runkle de El Caso Thomas Crown (1968), el traje negro de La Huida (1972)… conforman un moderno desfile de acierto tras acierto en el difícil arte de expresar carácter mediante estética.

Pero no sólo en las películas brillaba el estilo McQueen. En sus fotos casuales, las rebecas de lana o chaquetas beige Burberry más propias de cuarentón aburrido, se convierten, instantáneamente, en relajada tendencia al impregnarse del carisma del king of cool.


Sencillez, elegancia y virilidad a raudales que no han pasado desapercibidas para la marea de marcas que hoy quieren asociarse a su nombre. Ejemplo de ello es la feroz batalla que desde hace años libran las cazadoras Belstaff y Barbour por situarse como la favorita del actor, su resurrección en los spots de TAG Heuer Mónaco y Ford Puma o el homenaje que recientemente le ha rendido la casa italiana Persol, lanzando una edición especial de sus gafas PO 714 SM, como tributo al impagable marketing que supone que las llevara todo un Steve McQueen.

Por todo ello, en esta época de hombres que se visten como niños, de tarados de tatuaje grosero, piercing dorado, y ropa deportiva hasta en las bodas, existe el deber de intentar acercarse al discreto encanto del mito, bajo la premisa de que no son los ojos el espejo del alma.


miércoles, 2 de octubre de 2013

HATFIELDS & McCOYS. SANGRE, TIERRA Y HONOR.



   Basándose en una leyenda del folclore norteamericano, History Channel produjo en 2012, esta magnífica miniserie de ficción que recrea la rivalidad entre dos familias separadas por el río Tug Fork y unidas por treinta años de odio.

El argumento parte de una cruenta guerra de Secesión que, con su final en 1865, devuelve a casa a una generación de hombres con demasiada sangre en los ojos y muchas ganas de que las disputas cocidas al calor del whisky malo de la taberna, se resuelvan con plomo.

A esto se le une un Estado todavía imperceptible en la frontera entre Kentucky y West Virginia que hace que, antes que la ley, lo que prevalezca sea la tribu a la que perteneces y la venganza.

En el reparto destacan Tom Berenger en el papel del salvaje Jim Vance, y un Kevin Costner que se ha cansado de jugar al boy scout y compone un personaje memorable al calzarse las botas del cruel “Demonio Anse” Hatfield.


Más violenta que Deadwood y más profunda que Hell on Wheels, es una miniserie irregular pero disfrutable, avalada por ser el mayor éxito de la televisión por cable en eventos no deportivos, y en la que se oyen ecos de Shakespeare y El Padrino, que en el fondo son lo mismo.

Lo mejor: La atmósfera brutal, las madres de cada saga familiar y la interpretación de Kevin Costner, sobre todo en v.o.s.e.

Lo peor: Ciertos tics televisivos y que el ego de Costner evitase que se le otorgase un mayor protagonismo al patriarca McCoy.