sábado, 20 de abril de 2013

KOBE BRYANT. INVENCIBLE.


"Si me ves pelear con un oso, reza por el oso."


 La agonía de Kobe Bryant, deshaciéndose, poco a poco, en interminables 1 contra 5 en pos de los playoffs, concluyó el pasado 12 de Abril, con el escolta angelino agarrando su tendón de Aquiles roto, sobre la pista del Staples Center.

Resulta increíble, que un jugador de su categoría, se exprimiese de esa forma, por un premio tan escaso como llegar a la postemporada y esperar, con orgullo, que Thunder o Spurs, te pasen la escoba por la cara.

El resto del mundo pensaba que no merecía la pena.

Que sería mejor esperar a la siguiente temporada, a tener al equipo más asentado, sin el inútil de D´Antoni en el banquillo. O, incluso, ya se darían por satisfechos con cinco campeonatos y las puertas del Hall of Fame, abiertas de par en par.

Pero, claro… el resto del mundo no es Kobe Bryant.

Porque él siempre ha sido distinto. 

Llegó a la Liga en el draft del 96, sin haber visto una canasta con cadenas, y sin tener detrás una universidad de prestigio que encariñase su nombre con el gran público. Por el contrario, el pequeño Kobe maduró su juego en elegantes pabellones del centro de Italia. Y su fulgurante paso por el Lower Merion High School de su Philadelphia natal, fue sólo para confirmar que ya estaba listo para jugar con los mayores.  


Cuando llegó a Los Angeles, nadie sospechaba que llegaría a ser Mr. Laker, por encima de mitos como "Magic" Johnson, Jabbar o Jerry West. Allí, su carrera ha sido un enorme Greatest Hits, con éxitos como su primer All-Star con MJ enfrente, el threepeat de principios de siglo, el MVP de 2008, el back to back que reavivó el duelo contra Celtics, la noche mágica de los 81 puntos, el ser una constante perpetua en el mejor quinteto de la temporada, y tantos y tantos finales del partido decidiendo cuando quema el balón...

Un alud de hitos que parece que nunca son suficiente.

Porque a él se le mira diferente ya que su vara de medir es Dios vestido de jugador de baloncesto, porque se ponen sus defectos (pocos) por encima de sus virtudes (muchas), porque se le situó como el Yago que conspiró para que Shaquille saliese de Los Angeles, porque en una NBA llena de capitales de provincia, el glamour de Hollywood se desprecia por frívolo, porque una acusación de violación en 2003, que es el día a día del deporte profesional norteamericano, se utiliza para empañar una devoción por el basket, que le ha llevado a cambiar el retiro, por fajarse con jóvenes fenómenos de feria como Lebron y Durant.

Obstáculos que Bryant se ha merendado, uno por uno. Aunque una lesión grave con 35 años, es normal que haga que el resto del mundo lo vea como un escollo imposible de superar, incluso para él.

Pero, claro… el resto del mundo no es Kobe Bryant.

Unas horas le duraron las dudas. En la misma madrugada en la que se rompió, ebrio de calmantes, avisó en su FB de que este no era su final y que la Mamba volvería a morder.


Se dio cuenta que su regreso a la alta competición es el Rubicón que debe cruzar para acabar con las comparaciones, para que la vara de medir sea él, para acallar las críticas para siempre, para ser simply, the best.  

Porque un tendón no es rival para el corazón del gran campeón.

viernes, 5 de abril de 2013

RANCID. JUGANDO A LA CONTRA.



   Aaaahh…la explosión punk californiana, ese desenfadado batido de fresa en el austero menú del rock alternativo.

Una escena, sin el pedigrí del punk inglés ni de las bandas de Nueva York, pero con una meritoria constancia que caminaba entre el descarnado hardcore de Black Flag, el clasicismo de Social Distorsion y la urgencia melódica de Bad Religion.

Su salida del underground, vino de la mano de Mr. Brett, capo de Epitaph Records, que recolectó entre las promesas del género (Pennywise, NoFX,… ), y afinó un sonido que poco tenía que ver con el regreso a las raíces de Rancid.

El cuarteto de Berkeley, prefirió colgar el monopatín, afilar sus crestas y arrimarse a los cánones de Sex Pistols y The Clash, para saltarse más de una década de anarquía en U.S.A.


La cruda guitarra del Lars Frederiksen, la voz de lija de Tim Armstrong, y ese bajo juguetón, siempre en primera fila, de Matt Freeman, fueron la tercera vía a compañeros de generación como Green Day y The Offspring, en esa nueva ola punk de principios de los 90s.  

Lo esbozado en sus dos primeros álbumes (el deje británico, el ska de los tiempos de Operation Ivy, los estribillos irresistibles…) se depuró en el magistral  “…And Out Come The Wolves”(1995) que es EL DISCO.

Quien diga que no hay un disco perfecto, es que no ha oído este.

19 canciones como 19 soles que son una traca de 50 minutos, en la que, bajo el estruendo de las míticas “Ruby Soho” y “Time Bomb”, repiquetean explosiones del calibre de “Roots Radical”, Olimpia WA”, “She´s Automatic” , “Daly City Train”… que no sonarían más frescas sí se hubieran grabado ayer.

Todo lo plasmado allí, se racionó en sus dos siguientes obras “Life Wont Wait”(1997), más dub, y “Rancid”(2000), más punk, y se volvió a amasar en esa esplendida madurez que se disfruta tanto en discos propios [“Indestructible”(2003) y “Let The Dominoes Fall”(2009)], como en proyectos fuera de la banda madre, los sinth-punk-rappers, The Transplants, o en el homenaje a sus héroes.

Además, conservan la conciencia tranquila del que hace lo que tiene que hacer, sin componer óperas punk para la MTV, ni querer ser la opción para todos los públicos del Melodic H.C. 

Continúan el camino iniciado tras los muros del legendario The Gilman, más tatuados, más viejos, y más perros, pero aún esperando a los rezagados que todavía no saben que la verdad se explica en 2 minutos y medio.