sábado, 21 de febrero de 2015

CORTAR POR LO SANO.

-“No sé para qué venimos, doctor. Esto no está sirviendo para nada. Este hombre sigue igual de parado y no hace lo que tiene que hacer, y mira que yo se lo digo todos los días porque blablablablablablabla…”-

Es curiosa la manía de los pacientes de referirse a los terapeutas de pareja como doctores. Quizás les da seguridad el identificarnos con una figura de autoridad como son los médicos. En el caso de esta usuaria, no creo que escuche demasiado ni a su propio médico de cabecera y me la imagino diseñando su propio diagnóstico, mezcla de lo escrito en la receta de la Seguridad Social y lo que le dice por teléfono esa amiga curandera que hace rezados para el mal de ojo.

62 años, ama de casa y madre de dos hijos que pronto huyeron del neurótico ambiente familiar. Convive con su madre octogenaria de la cuál seguro heredó ese gusto por amargarle la vida al que tiene al lado, en este caso, su marido.

Como terapeuta te entrenan para no mostrar mayor empatía por ningún miembro de la pareja, ya que esto podría perjudicar el alcanzar compromisos en la mejora de la dinámica familiar. Sin embargo, era imposible no empatizar con este pobre diablo que te miraba con ojos de cachorro abandonado, pidiendo que le echases una mano con lo que se le venía encima.

-“Cuando nos conocimos no era así. Era muy dulce…recuerdo que salíamos con el coche y hablábamos durante horas…Después de casarnos empezó a cambiar, se volvió maniática, todo le molestaba…” -

Estos comentarios me los hace en sesiones individuales, mientras su esposa cotillea las revistas de la sala de espera o busca motas de polvo en el marco de los cuadros. Hace tiempo que dejó de ser sincero con su mujer. La convivencia con ella le fue limando la autoestima y  le arrojó a los brazos de la medicación psiquiátrica. Tras años de píldoras por la mañana y por la noche, lo que antes había sido un hombre, ahora era un niño asustado por su próxima jubilación y el tener que pasar sus últimos años entre silencios helados y tormentas de desprecio.

-“¡Ayúdeme, doctor! Yo no puedo con ella. Hable usted con mi mujer y haga que cambie.”-

Pese a que el objetivo debe ser siempre el que mejore la pareja y se deben evitar las rupturas. En este caso, le aconsejé lo siguiente:

-“Hay veces en las que hay que dejar atrás lo que nos hace infelices. Veo difícil que ella cambie a estas alturas, y la vida no debe ser aguantar, sino disfrutar. En su caso, debería cortar por lo sano y terminar la relación.”-

Tras unos segundos de silencio, se levantó me dio la mano y se despidió hasta la siguiente sesión. Note un apretón más firme de lo habitual y que caminaba por el pasillo de la consulta más erguido, como si se hubiera quitado un peso de encima. 

A la semana siguiente, apareció solo, sin su esposa y me dijo:

-“Gracias , doctor. Pensé en lo que me dijo y esta mañana por fin lo hice. Corté por lo sano. Me siento mejor. Gracias.”-

Entonces fue cuando vi el cuchillo que goteaba en su mano.                                                                                              

2 comentarios:

  1. Vaya, intenso. Por momentos me recordó a la fantástica prosa de mi adorado Juanjo Millás. Y eso ya es más que suficiente. Deberías explorar este género alguna vez más. Por mi parte, objetivo cumplido con creces.

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  2. Gracias, hombre. La verdad que no he leído nada de Juanjo Millas, pero trataré de echarle un vistazo. Está bien lo de escribir relatos, pero no es lo mío. Se lo dejaré a los que saben. :)

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