sábado, 4 de julio de 2015

CASABLANCA. CUESTIÓN DE FE.


A veces, el querer ser singular, hace que nos decantemos por elecciones heterodoxas.  Hablamos de bandas de culto del postpunk en lugar de admitir que todos venimos de los Beatles, o ponemos a aquella selección húngara del 54 por encima de la actual magia culé.  Y si ya nos vamos al cine, el postureo es máximo. Lars Von Trier por bandera y el cine iraní ante todo y contra todo, o la pujanza de películas contemporáneas metiéndole el codo al venerable cine clásico.

Parece que no queda bien ser obvio y oír a los Stones, o poner a Casablanca (1943) como lo más grande que se ha grabado en celuloide.

En mi caso, yo no puedo evitar rendirme ante el embrujo de Casablanca. Porque conecto con todas y cada una de esas loas al cinismo que un Bogart, derrotado por la vida, dispara con la contundencia de un cañón antiaéreo. Porque cada revisionado es un constante frotar de manos esperando al siguiente momento mítico: “Ahora es cuando ella llega y le dice a Sam que toque su canción”. “Ahora viene cuando cantan la Marsellesa en Rick´s y hacen callar a los nazis” “Ahora el flashback en París y la escena de la estación de tren…”


Y por si esto no fuera suficiente para asentar su enorme talla, al escarbar un poco te topas con que la magia brotó de una peliculilla de serie B, de las muchas que producía la Warner al año. Un guión basado en un libreto de una modesta obra teatral (“Todo el mundo viene a Rick´s”) que nunca se estrenó. Una historia sin final que se reescribía a diario, y un reparto de terceras y cuartas elecciones, dirigido por un Michael Curtiz que no pasaba de ser un artesano de Estudio.

Incluso estuvieron a un paso de que no sonase la eterna “As time goes by”.

Entonces…¿Qué pasó? ¿Cómo se erigió el clásico de los clásicos sobre tan humildes cimientos? Yo por muchas vueltas que le de, no le encuentro otra explicación, más que ya pensar en una influencia divina, que colaboró a que explotase el gran mito cinematográfico.

Porque he llegado a la conclusión de que en la evolución humana no tiene sentido adaptativo el poder apreciar el arte, y sólo se puede entender como un regalo celestial que hace que el hombre emerja por encima del animal.

Y por eso tenemos el Cine. Para que toda la Humanidad coincida en poderse conmover ante el arte más universal.

Para que escépticos como aquel Fernando Trueba cuyo ateísmo le hizo agradecer su Oscar a Billy Wilder, tengan también su religión.

Es por esto que podemos seguir confiando en que cada vez en Casablanca, será como la primera vez. 

Seguir creyendo ciegamente que, cada noche, el Rick´s Café Américain abrirá sus puertas, para dar cabida a la lucha por los salvoconductos hacia la libertad y al deber por encima del amor.

Seguir teniendo fe en que da igual que este loco mundo se derrumbe a nuestro alrededor. 

Siempre nos quedará París.

Siempre nos quedará Casablanca.

2 comentarios:

  1. Desde que la vi por primera vez me atrapó. De hecho está entre mis favoritas, si no la favorita. Escribir sobre ella siempre me ha dado pudor. Por eso veo en esta entrada un acto de valentía. "Qué grande es el cine" es lo que se me viene a la cabeza cuando veo esta peli.
    Cada vez que llega el momento de entonar la Marsellesa, levanto el brazo izquierdo y con el derecho me apoyo en el hombro de Viktor Lazlo, casi saltándole la lágrima.

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    1. Como hablábamos el otro día, la Marsellesa también es mi momento favorito de los muchos que tiene la película. Te animo a que le des tu propio toque a Casablanca en Agua de Gula.

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